Heullas digitales.
¿Qué sobrevivirá al nuevo Diluvio Universal?
El domingo pasado asistí a la fiesta de cumple de un pequeñín de dos años, el adorable hijo de la hija de una amiga. Antes de servir la tarta, la joven mamá insistió en proyectar un vídeo-homenaje montado por ella, como ha pasado a ser costumbre en cada celebración desde que todos llevamos un teléfono móvil con cámara en el bolsillo. Se me estaba haciendo tarde y habría querido escapar, pero decidí quedarme de todos modos porque pensé: bueno, ¿cuánto podrá durar?
No podía imaginar que un cachorro humano de solo 24 meses pudiera producir tal cantidad de momentos inolvidables, caras graciosas, payasadas y disfraz. El film era en realidad un mediometraje experimental, grabado enteramente con el móvil en vertical y montado de forma demasiado acelerada a ritmo de trap: francamente no recomendado para un público adulto. Salí de la fiesta turbado.
El resto del día, además, no pude dejar de pensar - y con cierta molestia - que si a alguien se le ocurriera proyectar un vídeo-homenaje en mi funeral, duraría mucho menos de la mitad del del pequeño de dos años: por falta de material grabado, no porque mi vida haya sido más aburrida que la suya. Y continuando con mi rumiación hosca, de repente me vino a la memoria la última novela de Ian McEwan que acabo de terminar de leer: “What we can know”.
Es el año 2119, Gran Bretaña se ha reducido a un escabroso archipiélago por la subida del nivel del mar debido al Gran Desastre y Thomas Metcalfe, un historiador de la literatura (un poco demasiado decimonónico para ser un nativo digital, N. del T.), sigue la pista de una obra maestra desaparecida: un poema escrito en 2014 del que solo quedan recuerdos indirectos.
El desafío de McEwan es ambicioso: abordar el problema de la reconstrucción de la memoria para una civilización - la nuestra, la del Infoceno - que ha documentado y archivado cada mínimo detalle de su historia. Una época que quizás, precisamente porque ha querido recordarlo todo, corre el riesgo de no transmitir nada.
La tarea del historiador del futuro será paradójica: con miles de millones de yottabytes de vídeos, selfies, publicaciones en redes sociales, grabaciones continuas de sensores y cámaras web, chats y transacciones digitales, ¿cómo logrará desentrañar lo significativo de lo insignificante? El riesgo es la parálisis por sobrecarga informativa o, por el contrario, la creación de narrativas distorsionadas. Como en un moderno “Funes el memorioso” de Borges, la hipermemoria digital podría revelarse como la forma más sutil de olvido.
Los historiadores a los que estamos acostumbrados han tenido que luchar tradicionalmente contra la escasez de fuentes, contra el silencio de los archivos, contra los incendios intencionados de bibliotecas y los libros prohibidos y la dificultad de reconstruir una historia siempre narrada por los vencedores; mañana, en cambio, se encontrarán frente a un exceso documental sin precedentes, un diluvio digital que les obligará a repensar completamente su trabajo. Contar el presente que estamos viviendo, para quienes vengan después de nosotros, no será cuestión de hallar los restos de un naufragio, sino de navegar en un océano de datos en tempestad. El historiador tendrá que construir diques, no puentes. ¿Lograremos sobrevivir al Diluvio Digital? ¿Y podremos aún contarlo?
No creo que sea casualidad que McEwan haya situado la narración en un futuro postapocalíptico, un mundo simbólicamente inundado tras el Gran Desastre. Sin esta catástrofe, la ingente tarea de Metcalfe habría sido directamente titánica. Su estoica búsqueda de la obra maestra perdida solo puede valerse de las fuentes que han sobrevivido a guerras nucleares e inundaciones; y a pesar de todo son miles de millones de fotografías, emails, SMS, notas, diarios por encontrar y compulsar. Al final será posible reconstruir cada detalle de la cena en la que el poema fue declamado por primera y única vez - desde el menú de aquella noche hasta el look de los invitados - pero nada de todo esto permitirá al pobre investigador dar un solo paso adelante para encontrarlo.
¿Será más o menos así como el Diluvio Universal de narcisismo que estamos vertiendo en los servidores hará imposible narrar nuestro presente, o al menos reconstruirlo correctamente, porque las cosas verdaderamente importantes quedarán sumergidas bajo una montaña de chorradas? ¿O es todavía el resentimiento por el film del mocoso lo que me hace hablar?
Tal vez, la extrema paradoja será que precisamente el tener que agotar las fuentes de agua para enfriar esos centros de datos atestados de información, útil solo para vendernos el último modelo de freidora de aire, nos llevará a la catástrofe.
Ya lo había dicho Umberto Eco: no todo lo que es conservable es históricamente significativo. La función de la cultura es la de filtrar la información, de lo contrario nos veremos sumergidos. La crónica integral no es historia. La historia nace de la pregunta, de la selección, de la búsqueda de conexiones causales y de significados. El exceso de detalles triviales puede oscurecer las estructuras profundas. El historiador corre el riesgo de perder la visión de conjunto, ahogándose en un mar de minucias y ombliguismo, incapaz de discernir lo esencial de lo superficial porque todo ha sido archivado con el mismo grado de prioridad. Además, en una época de deepfakes, de filtros y manipulación digital, establecer la veracidad de un contenido será una operación filológica de complejidad extrema. A diferencia de un pergamino medieval, un archivo no lleva sobre sí las huellas materiales del tiempo y de la falsificación, sino a través de metadatos fácilmente alterables. El historiador tendrá que convertirse en una especie de detective informático, cuya primera investigación será establecer si una fuente es auténtica y está en su contexto original.
Pero que no cunda el pánico, nos dicen: ¡menos mal que está la Inteligencia Artificial para desenredarse en las trampas de los Big Data! El Ākāśa infalible que rumia y devuelve destilados todos los conocimientos del mundo. El problema es que Claude (o ChatGpt si lo prefieren) es un hipócrita. Es un sirviente solapado y pérfido, que te sonríe pero luego te traiciona en cuanto le das la espalda. Tú crees que está ahí para ayudarte, pero solo piensa en sí mismo. Te adula, te complace, siempre te da la razón... y aprende de cada uno de tus errores. Te ilusionas pensando que del acceso rápido e ilimitado a la Memoria Universal solo puede salir la Verdad Absoluta, pero el algoritmo que regula la jerarquía de esa mole de informaciones tiene un solo objetivo: proponerte la verdad que prefieres, “tu” verdad. De este modo, te encerrará en tu burbuja insonorizada y te separará del mundo, convenciéndote de que tú tienes razón y todos los demás están equivocados.
La documentación digital no es en absoluto democrática. Es hipertrofiada para las vidas de los más conectados, de los más acomodados, de las sociedades tecnológicamente avanzadas y de quienes controlan la narrativa; se convierte en cambio en un desierto para los menos digitalizados, para los marginalizados. Un historiador del futuro podría tener la impresión ilusoria de una humanidad constantemente conectada, bien informada y eficiente, perdiendo completamente la percepción de la vida offline, del silencio, de la desconexión. Franjas enteras de la Humanidad no tendrán representación y serán sumergidas por los Big Data. Del mismo modo, todas las opiniones no alineadas, las de los herejes y los disidentes, serán progresivamente desindexadas por el algoritmo, porque tenderá a premiar como relevante, coherente y correcto solo el dato corroborado por un volumen consistente de ocurrencias. En la práctica, cuantas más sean las informaciones que conduzcan a cierta interpretación de la realidad, mayores serán las probabilidades de que esa lectura sea propuesta al usuario. La Historia, por tanto, la harán como siempre los vencedores, pero esta vez serán los que hayan ganado la batalla de la indexación en los motores de búsqueda. ¿No será quizá el momento de preguntarnos qué espacio tendrán en el futuro las tesis no conformes, las herejías que desde los tiempos de Hipatia, aunque minoritarias han permitido a la ciencia y al conocimiento progresar?
Os dejo con esta reflexión, esperando que este post no contribuya a la montaña de basura en la que algún historiador del futuro se verá obligado a hurgar para intentar entender cómo la Humanidad llegó a reducirse a tal extremo.



